"El domingo entero fue un día a festejar puesto que además de estar vivo, puse la mesa y, por si fuera poco, después de la comida realicé el correspondiente fregote de toda la cocina. Después de la comida preparada por Lorena y Julián hicimos un maratón non-stop de guiñote en el que se volvió a demostrar lo bien que juega Javi a dicho juego de cartas y lo bien que sabe cantar todo lo que le viene. De hecho, en una de las partidas en las que yo tuve la suerte de jugar junto a Javi “La suerte no existe, la tengo toda yo” Gómez a Lorena se le ocurrió la idea de cantar las cuarenta, cosa que cabreo a Dios y, a renglón seguido, Javi canto tres veintes de vez, demostrando lo gran jugador que es.El Platón de TorreroComo íbamos con bastante tiempo aprovechamos para ver la “famosa” fortaleza de Lappeenranta en la que Javi aprovechó para sacar alguna foto de las que a él le gustan, tipo la puerta de una casa normal, un árbol o un cañón de hierro. Cuando ya nos íbamos hacia el bus para volver a casaJul, se nos acercó una afable abuelita que en un buen español nos comentó que se veían pocos ibéricos por Lappeenranta, acto seguido y después de despistarnos un instante tras conversar con ella durante unos minutos, desapareció. El vodka nos estaba jodiendo la cabeza.
Esa misma noche Julepe y yo fuimos a buscar a unos amigos suyos españoles llamados Víctor y Paula para hacer una Rave Master en la casa de Jul, además de, si se terciaba, realizar un sorteo en el que el ganador obtenía el premio de sacar a Javi a la terraza. Por otra parte, se realizó una competición de beberse una lata de cerveza en el menor tiempo posible en la que participamos Julián, Víctor y yo. Cuando aún no había acertado a abrir la cerveza, ambos dos ya se la habían acabado. En fin.
El lunes por la mañana dormimos a saco en el saco (ojo eh) y reflexionamos hasta la una y media o así en la que empezaron (ellos, no yo) a hacer la comida. Dado que el lunes era festivo en toda Finlandia por Semana Santa nos acercamos al centro de Lappeenranta a ver el ambiente que había por allí. Debido a que Julián era el que dominaba el tema y nos creíamos todo lo que le decía se dio una situación bastante curiosa al ir a coger el bus que nos iba a transportar al centro. De repente, Julián se puso a correr como un cerdo porque se suponía que el autobús iba a pasar en segundos y todos nos pusimos a correr en fila india para coger un bus imaginario. Evidentemente, no pasó el bus hasta cinco minutos después.
Ya en el centro de Lappeenranta encontramos una única cafetería abierta, ni Cristo por la calle, cuatro perroflas en un banco y todo muertísimo. Desolada, solitaria, insociable, desértica, despoblada, podrida, infecunda, pobre y fría son adjetivos que se me ocurren para La Pineda del norte. Ahí empecé a darme cuenta el motivo por el cual Julián bebía tanto jodido vodka, la de alcohol que tenía que haber bebido para haber aguantado diez meses en esa mierda inmunda. Corolario, si no tienes Internet en Lappeenranta, más vale que te pegues un tiro.
Esa misma noche, Julián nos llevó a un turco de Lappeenranta. Aunque más que turco se tendría que llamar otomano, unos lamakhum del tamaño de Antonio que, alcanzarían, sin exagerar, el medio metro de longitud. Lógicamente me deje un trozo antes de reventar en la mesa. Ya de vuelta en casa estuvimos intentando convencer a Javi y Alex de que jugaran al guiñote para ir de empalmada a coger el avión y a pesar de mis infructuosos intentos, se echaron a dormir a las dos de la madrugada. Aún así, seguí insistiéndoles mucho rato dando continuos golpes en la puerta para no dejarles dormir. Se lo merecían. Al final, acabé claudicando y me tire al suelo para dormir unas horas.
El último día de estancia finesa también nos iba a deparar la última sorpresa del viaje. Tras despertarnos a las cinco y media de la madrugada para coger el avión de vuelta a casa, llegamos muy justos al trasbordo en Riga desde Lappeenranta el cual íbamos a enlazar con el que salía de la capital letona dirección Barcelona. Aterrizamos en Riga con apenas veinte minutos de tiempo para realizar el trasbordo y allí se quedaron nuestras maletas. Cuando llegamos a España y vimos que nuestras maletas no estaban mis ganas de matar fueron aumentando hasta que nos confirmaron que no temiéramos por nuestras pertenencias que nos las enviarían a Zaragoza. Después del susto y tras cobrarnos cuatro eurazos por un puto bocadillo de tortilla de patata cogimos el Ave dirección Zaragoza.Gracias a Dios este último trayecto se hizo cortísimo debido a que dormimos casi todo el viaje y además echaban una película muy buena en el tren, Ice Age. Finalmente, tras seis días a saco, dándolo todo y partiendo la pana llegamos a Zaragoza Delicias a las cuatro y media de la tarde reventados y con ganas de repetir una próxima vez, eso sí a poder ser sin vodka лижане."
miércoles, 14 de abril de 2010
Mañicos por el mundo (y IV)
On behalf of "El Platón de Torrero":
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

0 comentarios:
Publicar un comentario
Al Increible Julk NO le gustan los comentarios ANONIMOS!