"Como todos sabéis acabó de arribar a las orillas del Canal Imperial de Aragón procedente de Lappeenranta (animada urbe finesa), compuesto y sin maleta, llevando conmigo únicamente mi petate verde de perroflauta. Mi maleta, en la que guardaba todos mis trapitos de Primarck junto a la blandísima esterilla de Javier se perdió en el trasbordo que hice en la imperial Riga mientras corríamos como gamos para no perder el viaje a Barcelona. Voy a trascribir lo que fui apuntando todos los días en mi cuaderno de bitácora, es broma me lo sé de memoria.
Empecemos por el principio, el miércoles 31 de Marzo, cinco intrépidos aventureros salimos de la estación intermodal de Delicias rumbo a Lappeenranta, a saber Alex, Lorena, Javier (y Antonio) y el abajo firmante. Mi intención particular en este viaje era visitar a Julepe en Finlandia corroborando si todo lo que me contaba era cierto y de paso practicar mi ya oxidado estonio, el cualhacía mucho que no lo hablaba.
El día anterior nos surgió el primer inconveniente del viaje. Renfe, con menos ganas de trabajar que Rosario Flores, convocaba huelga para el miércoles y nuestro viaje en Ave era cancelado. Gracias a Dios, se hizo un apaño interesante y al final el único problema estuvo en que salimos de Zaragoza algo más tarde de lo que habíamos planeado. Lo más destacable de nuestra espera en la estación fue que, si bien iba sobrado de peso en la maleta, la señora Clerencia nos obsequió con abundante charcutería para que su retoño no se muriera de inanición en las gélidas tierras finesas. Doy fe que no pasó hambre el hermoso, chorizos, longanizas, salchichas envueltas en bacon (buenísimas para la circulación), quesos o jamón entre otros productos. Lechuga, pescado o frutas de eso no, de eso no había nada.
El viaje en ave trascurrió sin apenas sobresaltos, entre olas del Mediterráneo y ronquidos de Javi llegamos a Barcelona Sants alrededor de las once de la mañana. Todo iba sobre ruedas, teníamos tres horas para facturar la maleta e irnos a tomar algo mientras esperábamos la salida del avión a las dos de la tarde.
Sucedió, lo que suele suceder cuando tienes dos opciones para elegir, siempre escoges la incorrecta. Existían dos filas para facturar, en una de ellas había alrededor de 30 personas y el facturador era un letón con toda la cara de Curro Jiménez mientras que en la otra fila un rusaco bien afeitado, con gafas de Snoopy atendía a una fila que apenas llegaba a la decena de personas. Todos hubiéramos elegido la misma fila, dos horas y media después el patillas se había ventilado a más de 80 personas y nosotros habíamos avanzado apenas dos metros. Mágico ¿verdad?
Ceporro, inútil, muerde almohadas, aborto de mono, inservible, improductivo, infecundo, caduco, malogrado si me lees ojala te mueras cagando tus propios riñones.
Llegamos al avión casi a toque de campana, con ganas de dormir y con la intención de que el viaje por la troposfera fuera lo más agradable posible. Allí nos atendieron muy amablemente unas cinco azafatas, todas novias de Javi, incluso una de ellas aún le hace perdidas por las noches. Por supuesto, en el reparto de asientos en vez de tocarme al lado de una persona con un índice corporal entre los límites saludables, me tocó una ogra de Mordor trofollísima que rondaba los cincuenta años y que apenas dejaba espacio a mi culito respingón en mi correspondiente asiento. Por si fuera poco, no hacía más que llorar, no sé si por verme a mí, porque tenía miedo a las alturas o yo qué coño sé. La cuestión es que siempre igual.
Aterrizamos en Riga alrededor de las siete de la tarde y nos encontramos la siguiente sorpresa. Julián, que se había quedado dormido en el hostal de Riga tocándose las joyas de la corona, no podía venir a buscarnos al aeropuerto. Eso sí, le perdonamos enseguida porque como bien nos dijo traía consigo una botella de Minttu finés. Excelente para curar heridas, no digo más. Después de regatear con el taxista letón el precio del takso hasta el hostal (El taxista nos propuso un precio de nueve euros y nosotros tras una reflexión de cinco segundos haciendo como que lo pensábamos, aceptamos) nos dirigimos hasta la dirección que nos había mandado Julián.
Lorena y Alejandro, en excelente letón, le indicaron el hostal al que teníamos que ir y el taxista asintió con un leve movimiento de cabeza como diciendo “me la suda lo que me digáis, sois guiris y os voy a timar”. Eso nos pasa por cobrarles la paella a 50 euros en Benidorm. Después de cobrarnos los nueve euros y decirnos que nos bajáramos, nos encontramos que evidentemente no nos había dejado, ni de lejos, en la dirección que le habíamos dicho, además allí no estaba ni Julián ni Dios bendito. Menos mal que Javi, como intrépido boy-scout que es, nos supo sacar de ese embrollo y nos guío hasta la verdadera dirección. No obstante, se puso a atarse el zapato en el mismo instante que veíamos a dos chungos letones revolver la basura en un contenedor a dos metros nuestro.
Alrededor de las ocho de la noche llegamos a nuestro verdadero hostal, en la “recepción” nos recibió un “empanao” letón en permanente estado de felicidad. Allí también nos esperaba Julián que nos ayudó a subir una maleta (porque en la otra mano llevaba la botella de Minttu) y procedimos a instalarnos en nuestra habitación.
Julián, como buen anfitrión, nos propuso el plan a seguir en todos los días que íbamos a estar en los países nórdicos y nos aconsejó sobre todo lo que debíamos saber. Aprovechamos esa media hora para ir ocupando cada uno nuestro lugar, Lorena en el suelo empezando a degustar el vodka letón, Alex sentado en una silla enseñándonos juegos para beber como piojos, Javier y Antonio probando el saco, Julián “Hígado de Hierro” Gómez tumbado en la cama bebiendo Minttu y un servidor en el cuarto de baño duchándome.
Después de cenar en el correspondiente turco, volvimos a la habitación para cambiarnos y para ponernos las correspondientes camisas latinas, en especial la mía. Julián, como experto conocedor de la cultura letona, nos llevo a donde se cocía todo el ajo, a donde se partía la pana, al Belle Epoque. Cervezas de medio litro a sesenta céntimos, excelentes para degustar la bebida letona y para que Javi y Antonio se hicieran fotos con todas las rubias y morenas del bar.
Una vez nos bebimos el par de cervezas correspondientes, nos dirigimos hacia la celebérrima Essential también conocida como “Lugar donde van todas las ex-novias de Javi”. A pesar de ser un miércoles, había bastante gente en la discoteca, Javi y Alex se encargaron de enseñar a todo el mundo quienes eran los latinos al son de Tony Manero, mientras que las señoritas de pago allí presentes, se esforzaban en hacer la cobra a sus compatriotas los cuales no querían pagarles la retribución mínima. Después de unas horas dándolo todo en la pista y habiéndonos tirado una Coronita por encima, nos fuimos a plegar la oreja con la sensación del trabajo bien hecho."
To be continued...
5 comentarios:
No creo que pueda aguantar hasta la siguiente entrega...
Ojalá el Sr. Gonzalvo se hubiera dejado el manuscrito original en algún bar mientras estaba de borrachera y así alguien hubiera podido filtrar las siguientes partes.
Simplemente: Genial!
PD: No me habéis defraudado y veo que están presentes vuestras famosas "pequeñas".
Esta escrita con todo lujo de detalle...ni los corresponsales de guerra viven tan al limite
Mil veces mejor que las crónicas de Narnia, donde va a parar.
Me pregunto quién tiraba a quien la coronita por encima...
Eso quisiera saber yo, quién tiró la coronita porque hasta donde yo sé, la coronita la tomé solamente yo, y nadie la derramo!! se derramaron otras cervezas letonas, en otros lugares y en mayorse cantidades!! Era una sensación... eau d' cerveza?? Menudo perfume!!
En fin, la crónica buenísima!! Ya tengo ganas de más. Un besote chicos.
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